Historia del perfume

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De la flor al frasco


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La perfumería moderna

 

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De la flor al frasco

Desde la antigüedad, el ser humano ha intentado con todos los medios a su alcance desprender un olor alagrable.

Los textos históricos, alaban el buen olor corporal de Alejandro Magno, que era capaz de perfumar estancias enteras sólo con el aroma de su cuerpo. Los egipcios, griegos y romanos se impregnaban de aguas perfumadas; en la Edad Media se utilizaban ungüentos a base de ámbar, musgo o civeta que dejaban un fuerte olor; en los siglos XVIII y XIX los aromas extraídos de los animales pasaron de moda y se volvió al agua de flores

la música del perfume

Es interesante comprobar que los auténticos expertos del perfume desde los denominados -"olfato" ó "nariz" de apodo, hasta los cultivadores de campos de rosas o lavandas en los prados de Grasse, o los químicos fabricantes de materias primas aldehídicas-, establecen una auténtica correlación entre el perfume y la música, evocando a granel notas, pausas, escalas, armonías... Sin duda porque en ambas actividades, muy distintas en apariencia, se mezclan aprendizaje e intuición, respecto a las reglas (partitura, receta, fórmulas) e improvisación, técnicas siempre más sofisticadas y buen tacto tradicional, junto con la genialidad sin la cual es imposible lograr una maravillosa sinfonía o un maravilloso perfume..

Un camino de siglos

El largo camino que ha de recorrer el perfume de la flor al frasco empieza con la calidad de las materias primas. Una mala cosecha de flores, arruinadas por las lluvias o por el calor, es tan catastrófica para el perfumista como una mala cosecha de uvas para el viticultor. Esta exigencia de calidad es igual con la química, pues de malos componentes se logran malos productos. Y continúa con las técnicas de fabricación. Se han necesitado siglos para que hombre llegase a dominar los mecanismos que permiten obtener esencias de las plantas. Ha hecho falta la ayuda de la ciencia para que pudiera recrear artificialmente lo que existe en estado natural y que, mejor aún, pudiera otorgar a los perfumes el olor del mar, del rocío matutino, del algodón en rama o del chocolate caliente. Son miles las personas en todo el mundo que se mueven en torno a esta industria.

Desde los campesinos de la Provenza francesa o las mujeres que recogen la flor de Lavanda o de Ylang-Ylang, hasta los "narices" que pasan las horas antes su "piano" intentando encontrar la fragancia perfecta, a ese hombre que ante la pantalla del ordenador ve pasar la definición molecular de una flor o a los obreros de la fábrica que embalan, incansablemente, los frascos de un valioso perfume, los diseñadores que elaboran la caja, los creativos de vidrio que buscan el mejor frasco, o los publicistas que realizan el lanzamiento del perfume..

Una sustancia de valor

Es esa interminable cadena la que convierte al perfume en una sustancia tan apreciada, a la vez elitista y universal, eminentemente personal y, a la vez utilizada por miles de personas en todo el mundo.

El perfume es desde miles de años antes de nuestra era un elemento de distinción. En principio estaba reservado a los sacerdotes, el estamento más distinguido y a los reyes o faraones, auténticos dioses. A lo largo de las épocas fue pasando a los demás estamentos y siempre el perfume ha mantenido su sentido de exclusividad, pero ante todo es lo que forja la memoria de cada uno de nosotros: El olor fresco de la mañana, la fragancia misteriosa e insinuante que el amante de una tarde se esforzará por reencontrar, perfume de moda percibido en cada rincón de la calle, el olor nostálgico respirado al azar y que nos sume en los olores de nuestra infancia, o en el reencuentro de la juventud.

Hoy, donde la distinción parece ir indefectiblemente unida a las marcar más importantes, caras o prestigiosas, el perfume es la ocasión y el motivo de poseer una de esas grandes marcas, de acercarse al mundo de lujo y distinción que las rodea.

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